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El municipio 51

28 septiembre 2009

Prisión.

Luis Salgado y Oskar Matute
Astekari Digitala
26/09/2009

La SIEP (Sociedad de Infraestructuras y Equipamientos Penitenciarios) acaba de dar el pistoletazo de salida definitivo a la construcción en Araba de una nueva macro-cárcel. La envergadura del proyecto es tal que el penal ocupará una superficie similar a una veintena de campos de fútbol, y supondrá una inversión de 103 millones de euros, más de 17.000 millones de las extintas pesetas, que sufragará el Ejecutivo central en su integridad. Así, los 720 reclusos -el aforo es ampliable gracias a la dimensión de las celdas- y el medio centenar de funcionarios penitenciarios (carceleros) que custodiarán el recinto convertirán al penal de Zaballa en el decimosexto ‘municipio’ alavés de un total de 51. Albergará a tantas personas entre sus muros como habitantes tiene Labastida o Laguardia, llegando incluso a superar a localidades como Santa Cruz de Campezo.

El proyecto no se ha librado de una agria polémica entre las diferentes instituciones, y a día de hoy su continuidad está pendiente de la resolución que dictamine el Tribunal Supremo tras la demanda interpuesta por las Juntas Generales de Araba. Pero que nadie se engañe, la polémica no viene dada por la propia construcción en sí, sino por el impacto medio-ambiental de la misma. Nadie parece cuestionarse la necesidad de la construcción, simplemente no nos viene bien el emplazamiento (sic). Es más, tal debe ser la imperiosa necesidad de su construcción que, mientras en un principio esta moderna y super-segura prisión iba a sustituir a la vetusta ya existente, parece ser que de un tiempo a esta parte la SIEP valora la posibilidad de mantener ambas por necesidades de saturación. Sin embargo, pocas son las voces que se alzan o cuestionan el fondo de la cuestión, el propio sistema penitenciario.

“La sociedad del siglo XXI, asombrosamente, se resiste a hacer reflexiones en profundidad sobre los cambios que se han producido en nuestra forma de vida y su incidencia en la delincuencia. Se ha instalado la simplista e inexacta idea de que la manera de combatir la delincuencia es mandar cada vez más gente a la cárcel. España se ha puesto a la cabeza de Europa en población penada, pese a que no es de los países donde se cometen más delitos ni de más gravedad. Esta filosofía ha puesto al sistema penitenciario español al borde del colapso. Hay que hacer nuevos centros. El Gobierno ha abordado un ambicioso plan de infraestructuras. Pero esta espiral no puede seguir hasta el infinito. Cada cuatro años (el tiempo que cuesta hacer un centro de 1.000 plazas) la población reclusa se incrementa en 6.000 personas (ése es nuestro ritmo actual de crecimiento). Cada nuevo centro cuesta 90 millones de euros. Si los legisladores siguen valorando que la manera más efectiva de abordar los problemas sociales es enviar a más gente a la cárcel, desoyendo la opinión de los expertos que dicen que la privación total de libertad es antitética con el tratamiento de determinadas patologías; si no se generaliza la utilización de medidas alternativas de cumplimiento de las penas que las leyes ya contemplan, la situación será inasumible en pocos años.” Esta reflexión ha sido realizada por la propia Mercedes Gallizo Directora General de Instituciones Penitenciarias.

Ha llegado el momento en que la sociedad moderna supere la idea de que las prisiones son el destino inevitable al que están abocadas todas las personas que incumplen las normas penales. No es razonable. No es útil. No es realista.

He aquí 10 razones por las que oponerse a la construcción de más cárceles;

1º Ineficacia de la rehabilitación; Actualmente, más del 90% de la población reclusa del Reino de España, lo es, por delitos menores (hurtos y robos en la gran mayoría) y atentar contra la salud pública (delitos derivados del tráfico y consumo de drogas). Normalmente no tienen dinero, ni empleo, ni educación, ni vivienda, y en muchos casos presentan adicción a las drogas. Estos problemas no son solucionados con la entrada en la cárcel, y por tanto al salir de ella, muy probablemente se verán abocados a reincidir en su estatus delictivo, dejando bien claro, que, mientras no se traten y solucionen los problemas sociales que aquejan a la sociedad, la teórica política de rehabilitación de las cárceles será tan solo una quimera populista, esgrimida con astucia por las clases dirigentes, basándose en ejemplos aislados y minoritarios, repetidos hasta la saciedad.

2º Ineficacia preventiva; Esto es, la ineficacia para disuadir a “otros” de cometer delitos por medio de la intimidación.

Esto es fácil de observar, a mayor dureza de las penas, (mayor duración de las mismas) mayor masificación de las cárceles, sin embargo, basta un pequeño vistazo a las estadísticas para darse cuenta de que salvo en casos marginales, no han producido una reducción de los delitos.

3º Ineficacia incapacitadora; que justifica el encarcelamiento simplemente para prevenir que las personas enviadas a la cárcel puedan volver a delinquir.

El desarrollo penal en los USA desde los años 70 puede verse como un macro-experimento de incapacitación colectiva. Ese experimento no ha sido particularmente exitoso, las tasas de criminalidad no han dejado de crecer. Cada año nuevas generaciones de jóvenes cometen actos delictivos, y nada se soluciona manteniendo a las viejas generaciones en prisión. Todo lo que se logra es un aumento de la población reclusa hasta alcanzar pasmosas poblaciones penitenciarias.

4º ¿Justicia? Todos queremos la justicia, pero, ¿cómo se mide la misma? Cuando se intenta medir la justicia del encarcelamiento se convierte el comportamiento criminal en tiempo, cual simple fórmula matemática. Sin embargo, ¿quién puede considerar justa una sentencia de 2 años de cárcel por robar una pizza, cuando grandes estafadores de verdaderas fortunas, apenas tienen que pisar un centro penitenciario?

El hecho de que la “justicia” penitenciaria cambie con el tiempo, con el momento político, con la opinión de los medios de comunicación, con los pánicos morales, y otros factores por el estilo, es en si mismo un poderoso argumento al menos para dudar de lo justo de dicho sistema.

5º Irreversibilidad; Sólo se plantea el derribo de una prisión cuando ha quedado en medio del casco urbano. La teoría social de «no en mi patio» y una falsa y demagógica humanidad de los mandatarios, lleva a la vieja prisión a ser sustituida por otra, por supuesto más segura. En los viejos fortines restantes paradójicamente son los mismos presos los que se ven «retribuidos» para mantenerlos en pie.

6º Insaciabilidad; Es la misma cárcel la que fagocita insaciablemente desde su nacimiento todos los cambios que se puedan proponer. Planifíquense cien cárceles y las cien estarán sobresaturadas antes de ser terminadas. Es el milagro de los panes y de los peces, pero al revés.

7º Inhumanidad; Las cárceles modernas no son más humanas que sus predecesoras. Muy al contrario, con el fin de obtener un mayor control sobre los reclusos, se han suprimido prácticamente todos los lugares existentes de intimidad, la video-vigilancia no deja rincón sin escudriñar cual gran hermano. Los controles físicos son exhaustivos. En muchas cárceles se obliga al preso a colocarse desnudo sobre un espejo para poder observar bien su interior. Para quien intenta pasar droga en su interior, disponen de un lavabo donde obligan al reo a sentarse hasta obtener sus excrementos… Se busca el control total, pero este objetivo no se logra completamente, y por tanto la espiral de desarrollo de nuevos métodos de control continúa indefinidamente, y también la espiral de inhumanidad.

8º Quiebra de los valores; La construcción de nuevas cárceles es en si misma la intensificación de la guerra contra los pobres. No contra la pobreza, contra los pobres. Cientos de estudios (muy recomendable “Demasiado de nada… las condiciones de vida y la procedencia social de las personas condenadas” de Lotte Rustad) muestran que cuanto “más involucrado” se está en el sistema penitenciario, más pobre se es. La mayoría de cuantos cumplen las penas máximas, incondicionales, o cadena perpetua donde las haya, son los más pobres de todos.

9º No ayuda a las víctimas; Esta afirmación contradice una arraigada opinión pública. Pero es cierto, y es importante decirlo en estos días y tiempos de gran énfasis a las víctimas.

Hay muchas maneras de aliviar y mejorar el bienestar de las víctimas. De hecho, debiéramos centrarnos en aumentar las ayudas a las víctimas de delitos “serios” en vez de incrementar el castigo a los infractores.

La creación de nuevas cárceles lo alivia el dolor de las víctimas, y sin embargo si promociona en el subconsciente colectivo, una psicología personal de venganza, que se transmite a los hijos y al entorno siendo la base de otros trastornos severos que la convierten de nuevo en víctima.

10º La masificación carcelaria puede ser resuelta por otras vías; Como he dicho anteriormente, las cárceles no sirven para la rehabilitación, ni tienen una eficacia preventiva, y por desgracia ni siquiera siguen un canon de justicia equitativo. La mayor parte de los reclusos cumplen condenas de larga duración por delitos menores reiterados. (Sin contar con la gran cantidad de nuevos reclusos que va a producir la legislación de tráfico) bastaría por tanto con estudiar y modificar los ratios de condena. Simplemente si realizásemos una escala condenatoria a la inversa, donde la condena mayor impuesta fuese la realizada a los grandes delitos (asesinatos, estafas multimillonarias, malversación… etc.) y desde esa fuésemos reduciendo los tempos condenatorios, nuestra población reclusa tomaría una senda de decrecimiento irreversible.

Quizás aún no sea el momento de hablar de abolición del Sistema penitenciario, pero lo que no podemos permitir es que este nos fagocite, y atrape. 6000 reclusos más cada cuatro años es una cifra más que considerable, como para que alguien pueda plantear el fracaso de este Sistema desde su planteamiento. Mientras esto ocurre, demos la bienvenida al municipio 51 del Territorio Histórico de Araba.

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One comment

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